La monotonía nos programa, hace que demos en ocasiones respuestas inmediatas, que sin algún tipo de duda se lanzan velozmente y ni siquiera nos dan tiempo para procesarlas, hasta que descubrimos que estamos cayendo en ella. Como el otro día, estaba teniendo una conversación normar con uno de mis contactos en Facebook, de repente, como es del diario en una conversación me pregunto ¿qué estás haciendo?… pero esta ves la pregunta no fue tan cortante como la respuesta, y no lo digo porque lo fuera en el sentido de no querer continuar con el texting, fue más porque lo sentí que no estaba expresando con claridad lo que para mí es lo que hago día a día, sentí que cuando respondí trabajando _ fuese como si estuviera hablando de un castigo, como si no estuviera haciendo algo que me gusta, como si esa corta palabra expresara en su totalidad el significado de aquella acción. Es como cuando utilizamos la palabra universo, entendemos por esta que es algo inmenso y por ende majestuoso, aunque no podamos tener una claridad de su tangibilidad, reconocemos lo que es, pero en este caso, yo sentí que la palabra trabajo, estaba delimitando mi pasión y fue entonces cuando descubrí la oscura realidad etimológica que cobija este concepto, desde sus orígenes y hasta el distorsionado y mutado uso que le damos en la actualidad, aunque no suena tan mal como en realidad lo es.

DEFINICION ETIMOLOGICA DE TRABAJO – Fuente: blog.Lengua-e.com

Trabajo viene del latín tripalium, que significaba literalmente ‘tres palos’ y era un instrumento de tortura formado por tres estacas a las que se amarraba al reo.

Mediante una evolución metonímica, adquirió el sentido de ‘penalidad, molestia, tormento o suceso infeliz’ (Dicccionario de la lengua española: trabajo, 9.). Es decir, este nombre pasó de designar un instrumento de tortura a referirse a uno de los efectos de la tortura: el sufrimiento. Esto supuso perder los rasgos más específicos del significado: ya no hay aquí maderas, ni se ata a nadie a ningún sitio. Eso es lo que significa en este ejemplo de finales del siglo XVII:

 

[…] quando veais que Dios embia trabajos, hambres, necessidades y guerras, no os aflijais ni penseis que Dios no se acuerda de vosotros, que no ay quando mas os quiera que el dia que os dà trabajos: ya la persecucion, ya la enfermedad, ya la muerte del padre, ya la del marido, ya la pobreza […] [Cristóbal Lozano: El Rey penitente: David arrepentido, 3.ª impresión, Valencia, 1698].

Si el sufrimiento lleva unida una retribución económica, ya está aquí nuestro actual concepto de trabajo. Se trata nuevamente de una evolución de índole metonímica, pues el sufrimiento está presente en cualquiera de las actividades con las que nos ganamos el pan. Pensemos, sin ir más lejos, en los trabajos tradicionales del campo. Cualquiera que haya vendimiado sabe lo que es el dolor de riñones, helarse por la mañana, sudar al mediodía, mojarse cuando llueve…

No, si al final va a resultar que tampoco se está tan mal en la oficina… ¿o sí?

Ahora bien, no se tú pero yo no voy a volver a llamar trabajo a lo que hago; porque aunque mutada, sus  raíces y orígenes, narran la  crueldad y la realidad sangrienta,  de una humanidad obligada, alienada, temerosa y mentalmente esclavizada, algo que en definitivas cuentas no soy, porque esto que hago, lo hago con la libertad, el apoyo, la pasión y una convicción personal, nadie me obliga a hacerlo, lo hago por que quiero porque me gusta, espero que tú también estés en la misma onda que yo, no dejes que te aten la mente, las cadenas rómpelas y siempre haz lo que amas y si es así, nunca lo llames trabajo (bueno solo digo, ¿no?).

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